Coaching

Altas expectativas, ¿nos pueden jugar una mala pasada?

Las expectativas pueden servir como impulso para conseguir aquello que deseamos. Sin embargo, cuando son demasiado altas, también pueden jugar en nuestra contra.

Generar y mantener expectativas forma parte de cada uno de nosotros; todos tenemos ideas previas acerca de los propósitos que queremos alcanzar y, a su vez, expectativas sobre lo que sucederá.

En cierto modo, no podemos evitar tener expectativas acerca de algo o de alguien -un conjunto en el que también estamos incluidos nosotros-: esperamos que los demás sean y/o se comporten de una determinada manera, tenemos un ideal de cómo queremos que sea nuestra vida y esperamos que se cumpla.

Las expectativas pueden servir como impulso para conseguir aquello que deseamos: planes. De hecho, lo que esperamos puede influir en lo que conseguimos, tal y como afirma el psicólogo Robert Rosenthal en su artículo publicado en American Scientist. En este texto mostraba como las expectativas de los investigadores podían afectar a los resultados de sus experimentos.

Así, las expectativas encierran un aliciente para mejorar. Ahora bien, las altas expectativas pueden ser un arma de doble filo: pueden motivarnos, pero también volvernos demasiado inconformistas, amargando celebraciones y triunfos, privándonos de refuerzos naturales derivados de lo que sí conseguimos.

Así, podemos preguntarnos, ¿qué puedo hacer si mis expectativas son demasiado elevadas y me juegan una mala pasada?

Altas expectativas pueden esconder un perfeccionismo extremo y una rigidez a que todo salga como queremos, siendo inflexibles a los cambios que se puedan producir.

Mis altas expectativas me juegan una mala pasada, ¿qué puedo hacer?

Mantener el contacto con la realidad

Conoce tus posibilidades y limitaciones para convertirlas en aliadas. Sé consciente de que todos tenemos puntos fuertes y débiles y varían de una persona a otra. Descarta esos listones que ahora, con los recursos de los que dispones, no vas a poder alcanzar: evitarás un gran desgaste en forma de frustración.

Eso no quiere decir que no podamos ser ambiciosos. Lo importante es que no perdamos el equilibrio. Que no nos pasemos o que no equilibremos con otras metas u objetivos más asequibles. Por otro lado, cuándo queramos conseguir eso que esperamos también juega un papel importante.

“Muchos de los fracasos de la vida son de personas que no se dieron cuenta cuán cerca estaban del éxito cuando se dieron por vencidos”.

-Thomas Edison-

Las comparaciones, con inteligencia

Es posible que nuestras expectativas se disparen por lo que han sido capaces de conseguir otros. No hay nada de malo en ello si realmente nos enfrentamos al reto en unas condiciones similares. Por contra, podemos plantearnos viajar igual que esos amigos que no paran quietos; sin embargo, ellos no tienen hijos, cuentan con un sueldo mejor y han heredado casas en diferentes lugares. ¿Sería adecuada esta comparación?

De ahí que el la inteligencia y el análisis previo a la hora de plantearnos expectativas sea un ejercicio inteligente para que estas jueguen a nuestro favor. Por otro lado, también es una buena idea actualizarlas con la información nueva que podamos recapitular.

Cada persona es distinta y tenemos que valorarnos por lo que somos y conseguimos respecto a nosotros mismos, no respecto a las personas que nos rodean.



Acepta que las cosas no siempre salen como nos gustaría

En ocasiones nos esforzamos, ponemos todo nuestro empeño y energía para que algo salga como esperamos, pero ocurre un imprevisto y todo se tuerce. Quizás en ese momento no dependía de nosotros mismos, sino de otros factores que no podíamos controlar.

De tal modo que, aun haciendo todo lo que estaba en nuestras manos, lo que ocurrió y precipitó el fallo no era predecible o no estaba bajo nuestro control. Piensa por ejemplo en cómo el mal tiempo puede cambiar los planes de un fin de semana.

Cuestiona tus expectativas

Pensemos, ¿realmente mis expectativas son realistas?, ¿mis metas son tan altas que me impiden disfrutar de las pequeñas cosas de mi día a día?, ¿estoy más tiempo pensando en lo que me queda que en lo que he conseguido hasta ahora?

Quizás ha llegado la hora replantearnos nuestras metas y las expectativas sobre las mismas. Expectativas más pequeñas, accesibles y sencillas proporcionan mayor satisfacción y disminuyen la sensación de frustración.

Disfruta del camino

«Unas expectativas en cotas demasiado altas y grados de perfección inalcanzables se llevan por delante la salud física y mental, aleccionando sobre la importancia de llegar a la meta por encima del disfrute del camino», afirma el psicólogo Carlos Rodríguez Méndez.

Es importante disfrutar del camino, de cada paso que nos acerca a esa meta que tenemos en mente. Tener altas expectativas nos pueden limitar a la hora de obtener satisfacción del trabajo diario realizado, siendo incapaces de disfrutar el camino hacia la meta. Si el punto de vista está siempre situado en la meta final, difícilmente nos encontraremos satisfechos con lo que tenemos aquí y ahora.

“Las expectativas son la raíz de todos los dolores de cabeza”.

-William Shakespeare-

Mira dentro de ti

Las altas expectativas pueden ser un síntoma de una baja autoestima, que deja entrever un autoconcepto negativo. Plantearnos expectativas demasiado altas, con el conocimiento de que lo son, nos puede proteger frente a su incumplimiento. Para justificar el resultado podemos decirnos: no pasa nada, no lo conseguí porque estaba fuera de mi alcance. de esta manera, siempre habrá una explicación externa que pondrá a salvo nuestro autoconcepto maltrecho.

En última instancia, ante un problema sistemático con la generación de expectativas, siempre podemos ayudarnos de el asesoramiento profesional. Podemos sentarnos, detener la rutina y volver consciente un proceso que en muchas ocasiones hacemos de manera automática, de manera que lo volvamos más lógico, útil e inteligente.

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Laura Rodríguez

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